"Por qué soy santafereño...": Pacheco


No es un misterio que soy santafereño. Desde que andaba de pantalón corto exhibiendo unas piernas pecosas y cascorvas proclamo mi santafereñismo en el lugar que me encuentre. Esto me ha costado muchas satisfacciones y algunos disgustos. En una ocasión incluso estuvo a punto de costarme un desagrado realmente complicado pero prefiero no hablar de ello en este momento.

Soy santafereño por muchas razones que se sintetizan en una: no habría podido ser nada distinto a ser santafereño. En mi vida confluyeron muchas coincidencias que apuntaban todas hacia la camiseta roja. En este sentido, tengo que decir que no pertenezco a la clase admirable de esos que tuvieron que escoger equipo y corrieron el riesgo de equivocarse y optar por Millonarios. Muchísimo menos pertenezco a la legión heroica de los que un primer momento (por enfermedad congenita o presión familiar) alcanzaron a abrazar la bandera azul y luego, en un acto de valor ante el cula me descubro, rectificaron su funesto error, pidieron perdón y se convirtieron a la causa de la verdad y de la luz: la de Santa Fe. Pienso, por ejemplo, en Pilar Tafur, esposa de un querido amigo, que, como una especie de San Pablo chapineruna, ofreció al mudo el ejemplo extraordinario de su conversión.

Decía que soy santafereño porque no habría podido ser nada distinto a ser santafereño. En efecto, desde antes de nacer, la buena fortuna había colocado ya mis pies deformes en el camino correcto. Varios de mis primos, como Guillermo (La Chiva) Cortés y los Santos Castillo, fueron fundadores de Santa Fe. Luego estudié en el Gimnasio Moderno, en los mismos campos en que nació el legendario primer campeón colombiano. En esos prados jugué muchas veces y siempre fue un orgullo saber que allí mismo había tenido su origen el mejor equipo del mundo. Es como ordenarse de cura en la casa donde tuvo lugar la Última Cena.

Pero, además, mi padre era santafereño y la colonia de españoles republicanos, a la cual pertenecía mi padre, era toda santafereña. En Santa Fe encontraron ellos el hogar deportivo que habían perdido al salir de España. Un español, Castillo, fue el primer entrenador que tuvo Santa Fe; él lo hizo campeón. Varios españoles -recuerdo a los Busquets, a los Prat, a los Trías- se vincularon sentimentalmente desde un principio a ese equipo que acudían a ver todos los domingos en el mismo sitio: tribuna occidental general, sector sur. Allí estuve yo muchas veces, primero de la mano de mi padre y luego acompañado por amigos que compartían mi hinchismo.

Casi todos mis mejores amigos son santafereños, y lo son mis primos y mis perros y mi hermano y mis sobrinos. Hasta mi mujer, que es del Valle y nunca va a fútbol se ha ido volviendo santafereña.

Pero, si todo lo anterior no bastara, confieso que el mayor gozo de mi vida es ver perder a Millonarios. Todavía no sé si esta dicha supera la de ver ganar a Santa Fe. Probablemente sí, lo mas parecido al éxtasis, por supuesto, es que Santa Fe gane el clásico a Millonarios. Es el triunfo del arte sobre la fuerza bruta, del ángel sobre el demonio, de la luz sobre la sombra.

Mejor dicho: ¿Cómo podría yo no ser santafereño?

*Foto (1975) y texto cortesía de la Revista Cromos (1985)